Me encontraba en el dormitorio, reclinado en la cama, con un libro de trigonometría y una tabla de logaritmos. No estaba estudiando, sino que analizaba conmigo mismo la inutilidad de ciertos estudios. ¿De qué me servirían en el futuro las declinaciones latinas? ¿Por qué torturarme con aquellos antipáticos logaritmos, si no veía correspondencia alguna entre ellos y cualquier carrera en la que pensara ingresar? ¿No era una tontería haberme roto la cabeza, bajo los gritos del hermano José (que no había muerto para que el colegio tuviera tres días sin clase, ni había sido asesinado por mí allá en la torre del campanario, ¡adiós, Legión Extranjera!), con los cálculos de la raíz cúbica? Estaba tan preso de desconcierto que no sentí que la puerta se abría y que un bulto venía a pararse frente a mí.-¡Monpti!
Me llevé un susto tan grande que dejé caer los libros al suelo.
Maurice reía con ganas.
-¿Qué es eso? ¿Estás viendo a un fantasma?
Quedé callado, tembloroso, sin responder. Hacía mucho que me había acostumbrado a considerar que Maurice fue uno de los más lindos sueños de mi vida, un cofre secreto de toda mi ternura extravertida.
-Levántate, Monpti.
Obedecí lentamente.
-Date vuelta.
Maurice hizo restallar los dedos en el aire y comentó:
-¡Dios mío, cómo creciste! Que fuerte estás, Monpti. Y todo bronceado.
Yo, fascinado, solamente miraba sus ojos, sin saber si llorar o sonreír, o si no estaba haciendo las dos cosas al mismo tiempo.
-¿No te has olvidado de algo, Monpti?
Claro que no me había olvidado. Sus propias palabras repitieron en mis oídos: "Aunque te conviertas en un adulto siempre tendrás que besarme como a un padre."
¿Y por qué no? ¿Acaso no fue él quién me acunó en la soledad de mi cuarto? ¿No me consoló siempre con sus palabras amigas? ¿No había entibiado mi sueño?
Abrió los brazos.
-¿Qué estás esperando?
-Nada.
Me arrojé en sus brazos y besé su rostro. Lo apreté con fuerza contra mi corazón.
-¡Ah, Maurice, hacía tanto tiempo que no venías!
Trató de sentarse y notó que algo faltaba.
-¿Dónde está Orozimba Chevalier?
-Pensaron que yo había crecido mucho, y que merecía algo mejor y más nuevo en mi dormitorio. Empujé el sillón sin significado y sin nombre.
- Siéntate aquí. No fue bautizado, pero es muy confortable.
Se quedó mirándome un segundo, bien adentro de los ojos, y después tomó la decisión de sentarse.
-Tanto tiempo, ¿no, Maurice?
-Sí, es verdad. Pero anduve muy ocupado con tantos contratos de casino, cine, shows. Era algo de nunca acabar... Y como sabía una cosa...
-¿Qué cosa?
-Que avanzabas y descubrías la vida solo. Que no sentirías tanto mi falta... ¿no es verdad?
-Tal vez. Quizá mis días estuvieron muy llenos de cosas. Ta vez, e infelizmente, cuando llegaba la hora de dormir estaba tan cansado que apenas dejaba la cabeza en la almohada ya estaba durmiendo. A veces ni siquiera llegaba a rezar.
-Lo sabía. Ahora cuenta, cuéntame todo.
-¿Sobre qué?
-Caramba, tenemos mucho de que conversar. Mi vida ya la conoces, no se diferenció mucho de la de los otros tiempos. Pero ¿la tuya?
-No sé como comenzar. Confieso que me desacostumbré un poco a ti, mi querido Maurice. -Entonces te ayudaré. ¿Cómo va tu vida aquí, en esta casa?
-¿Sabes que muy bien? Comencé a descubrir cosas nuevas, hechos nuevos, que me han convencido de que aquí nadie es enemigo mío.
-¿No te lo había dicho?
-Mi padré está revelándome encantos que antes nunca mostró.
-Quizá porque tú nunca le diste la oportunidad.
-Sería hasta capaz de confesarte otra cosa.
-Pues dila.
-Ellos son excelentes, muy buenos. Fue una misión difícil y empeñosa la de educarme. La verdad es que no sirvo para nada.
-Estoy de acuerdo con la primera parte. Con la segunda, no. Confío mucho en ti y en la bondad de ese corazón. Quien siempre ha sido capaz de soñar cosas lindas, tiene una vida maravillosa por delante. ¿Te acuerdas de Adán?
-¡Claro, Maurice! Fue tan real que hasta hoy me parece estar viéndolo.
-Eso me deja contento, Monpti, porque en la vida siempre serás un chico grande.
-Estás repitiendo las mismas palabras amigas de Fayolle.
-¿Y él, cómo va?
-No cambia, es el mismo de siempre. Nunca tuvo una palabra áspera para mí. Siempre esperando de mí lo mejor.
Maurice se recostó en el sillón.
-¿Sabes?, hoy vine muy cansado. Pero no podía dejar de venir. Hoy, especialmente.
-¿Y por qué hoy especialmente?
-Después te lo diré.
Miró largamente el techo y, luego, sus ojos -ojos claros- buscaron los míos. Siempre me ha gustado hablar con las personas que no desvían la mirada. Eso me da una señal de seguridad y de fe.
-¿Y el corazón, Monpti?
-Lo descubrí, Maurice. Descubrí aquello que me enseñaste hace algún tiempo. Descubrí que el amor es la cosa más importante del mundo.
Le narré detalladamente mi amor por Dolores. Y después otras pequeñas conquistas sin mayor importancia. Cuando acabé, él sonreía.
-Sí, ese es el embrión, el comienzo. Porque el día en que puedas amar verdadermanete estarás seguro de que no hay cosa ni felicidad más hermosas en este mundo.
Tuvo una actitud que antes nunca tuviera.
-¿Te molesta que fume?
-No. ¿Por qué?
-Porque hay gente que detesta fumar en el cuarto o que se fume en él.
-Aunque no me gustara, sería el primero en ofrecerte los cigarrillos...
Agradeció y sonrió.
-Quiere decir que tu ya...
-Medio paquete por día, y a escondidas.
-Estoy contento, Monpti, muy contento contigo. Mucho, porque en realidad estás convirtiéndote en un hombrecito. Ahora sí, en un hombrecito. Por eso te dije que el comienzo de hoy es un día especial.
De repente mi corazón tuvo una punzada de tristeza. ¿Sería lo que yo estaba pensando? -Exactamnte, Monpti. Te dije una vez que cuando descubrieras el amor ya no necesitarías de mí. -¿Quiere decir que me dejarás como lo hizo Adán?
-Vas a descubrir que lo haré de la misma manera.
Se me hizo un nudo en la garganta.
-Pero Adán era un sapo, un sueño.
-Y yo ¿no soy la misma cosa?
-No, puedo tocarte y ver que eres tan real como siempre lo fuiste.
Para probárselo le apreté largamente la mano.
-Monpti, la vida es así. Uno siempre está partiendo. No es que el corazón olvide o la nostalgia muera. Esas cosas siempre permanecen en nuetra ternura. Pero uno debe partir en el momento exacto.
Mis ojos se estaban llenando de lágrimas.
-No quiero eso, Monpti.
Y para mi mayor espanto, Maurice sacó del bolsillo un finísimo pañuelo de hilo, con cuadritos negros y blancos. ¡Hasta él, Dios mío!
Me enjuagó el rostro con delicadeza.
-No quiero partir viendo tus lágrimas.
Intenté controlarme, tragando mi emoción poco a poco.
-Todo cuanto yo debía hacer era abrir en tu corazón un mundo de esperanzas y, sobre todo, de amor. Ahora, Monpti, debo partir.
Me abrazó largamente y acercó a mí su rostro, para que lo besara.
-¿Nunca más nos encontraremos, Maurice?
-¡Claro que sí! Un día. Cuando seamos más hombres y más maduros.
Me miró a los ojos por última vez, con toda su franqueza:
-Y oye algo más. Sea cuando fuere, el día que nos encontremos, aunque ya seas un hombre hecho y realizado, no olvides lo que me prometiste una vez.
Sabía de que estaba hablando: que yo debería besarlo como a un padre, sin ningún recelo ni partícula alguna de vergüenza.
-¿Lo prometes?
-Te lo prometo. -
Entonces, adiós, Monpti.
-Adiós, Maurice.
Mi voz había enronquecido, como en un intento de sustituir aquello que mis ojos tenían prohibido hacer.
Me despertó el ruido de los libros que caían al suelo. Estaba solo, reclinado en la cama, con el cuerpo medio dolorido por aquella posición. Mis ojos humedecidos, con la presencia de la luz encendida me dolieron más.
Maurice había partido de mi vida, de la misma manera que Adán. Vino como un sueño, y como otro se fue. ¿Por qué todo debía partir en la vida? Simplemente, Zezé, porque nacer es partir. Partir desde la primera hora comenzada, desde el primer momento respirado.
Y no puedes luchar contra la dura realidad de la vida.
La puerta de mi cuarto se abrió lentamente. Me asusté de nuevo. ¿Habría olvidado Maurice decirme algo? En vez de él apareció el rostro moreno de mi padre, que me miraba preocupado. -¿Te pasa algo? Fui al baño y vi encendida la luz de tu cuarto.
-No es nada. Necesitaba estudiar hasta más tarde.
-Pues es hora de parar, ya pasa de la una.
Me miró atentamente.
-Tienes los ojos muy rojos, congestionados. En el baño, en mi armario hay colirio.
-Voy a usarlo.
Me sonrió.
-Entonces a dormir. Buenas noches.
Era extraño que por primera vez viniera a mi dormitorio a darme las buenas noches. Y aquel gesto suyo hizo nacer un pequeño sol de gratitud.
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