lunes, 24 de marzo de 2008

Los hijos del setenta

A pesar de la masacre que significó la dictadura, parte de quienes la sufrieron pervive en la generación siguiente, la de sus hijos, hijos de desaparecidos, de exiliados, de asesinados, de presos políticos, que, con esa marca en su identidad, viven y sueñan en el magma de la cotidianeidad.

Ahí están. Hacen periodismo, teatro, cine, investigación de ciencias, enseñan en universidades y escuelas, se instalan en el mundo convencidos de que esperan que se parezca más a sus sueños algún día. Sus padres sufrieron desapariciones y exilios, fueron asesinados o lesionados gravemente, se dipersaron por el mundo llevando unas espigas en los bolsos de viaje, algunos alfajores en las valijas, ponchos negros, rojos, blancos, fotos de familia y de amigos entrañables.

Ellos mismos, víctimas de exilios exteriores e interiores, cantaron canciones patrias de otras tierras que no le significaban nada, fueron a colegios en los cuales tuvieron que callar lo que les producía el sufrimiento y en los cuales los trataron como extranjeros, descubrieron precozmente la exclusión y aprendieron que la solidaridad es un ejercicio cotidiano sin el cual la supervivencia se hace imposible. Y sin embargo allí están: testimonio de las fuerzas y las reservas morales de una generación que se negó a su destitución y lo sostuvo no sólo a fuerza de reminiscencias sino de proyectos. De una generación a la cual injustamente se la acusó de deificar la muerte, cuando estos hijos dan cuenta del profundo anhelo de vida que la agitó.

Muchos de ellos fueron despojados de su identidad y arrojados al vacío de sentido de una existencia construida contra las razones de su propio nacimiento: engendrados para sostener con vida la esperanza, como un acto extremo de afirmación y persistencia; la expropiación los desnudó de las envolturas simbólicas, de las frases y palabras, de los nombres y destinos que sus padres soñaron. Rescatados no sólo por el amor de la familia sino por la convicción de gran parte de la sociedad que había asistido a la infamia más brutal de la historia argentina en el siglo XX, fueron sus abuelas quienes lograron no sólo su recuperación sino generar en el conjunto de la sociedad de la convicción de que no se trataba de un asunto privado, de un "derecho de familia", sino de una garantía necesaria para poder consolidar a las futuras generaciones sobre asentamientos más justos y seguros.

Cuando cada uno de estos niños recupera una identidad expropiada, se convierte en una paradigma de la sociedad toda: sólo el retorno a nuestros padres fundacionales, después de tanto apropiador que nos despojó de raíces y proyectos de origen, puede reparar nuestro exilio de más de un siglo de un país que no nos permitió su apropiación.

Las derrotas no se pueden medir por las batallas perdidas sino por la propuesta para las generaciones siguientes. La derrota es mucho más que un reconocimiento de los límites de la lucha. Es la renuncia definitiva a nuevas batallas, la despedida de todo aquello por lo que
se ha peleado. Conlleva, incluso, la renegación de los objetivos sostenidos. Los derrotados se arrepienten no sólo de sus propias acciones sino incluso de aquello que los motivó a realizarlas. En ésto consiste la derrota, porque se puede revisar el camino recorrido y los abismos a los cuales uno se asomó sin por ello renunciar a seguir caminando.

El golpe del 76 no derrotó a una generación: la masacró, la expulsó de la patria, la encarceló y torturó, y brutalmente pretendió arrancarle no sólo sus proyectos políticos sino sus sueños e ideales: tornarla cínica, despojada de carácter, acomodaticia con las circunstancias, reducida a lo posible. Se le propuso a cada argentino llevar hasta el extremo el individualismo de salvarse solo, el terror de ser dañado no por los represores sino por los amigos que estaban en riesgo, ya que su propio destio podía alcanzar como onda expansiva a quienes los rodeaban. También se les ofreció a cambio de la moral un bono para canjear justicia por chatarra comprada con el uno a uno: un ser humano por una videocasetera, la educación por el shopping, un torturado por un viaje a Diseny, la vista gorda por unas vacaciones en el Caribe... Esta fue la herencia moral que pretendieron dejar los dictadores de los 70.

Y sin embargo, en estos chicos que siguen negándose a concebir al otro como un enemigo, que escriben y hacen música, estudian y enseñan, se juntan en los recitales de rock y cantan a voz en cuello, crispados o irónicos La argentinidad al palo para levantarse al día siguiente y trabajar, cambiar los pañales de sus hijos, buscar la supervivencia cotidiana, rastrear en la historia para entender, una vez más, quienes son, de donde vienen, por qué nos pasó lo que nos pasó, como levantarnos de nuestros propios abismos... En estos chicos la derrota se arrincona, expulsada cada vez más por los límites extraterritoriales de los fantasmas colectivos y no de las acciones diurnas que la demienten.

Por eso los hijos de 70 nos conmueven: son como una parte de nosotros mismo que nacieron, ya, atravesados por una experiencia que los hace desplegar lo posible sin renunciar a lo anhelado. Maduros desde chiquitos, obligados a ser responsables desde siempre, atravesados por la historia, tratando de apropiarse de ella, va a la búsqueda de los sueños de las generaciones anteriores. Y como Sebastián, el "nieto 82" recuperado, cuando abraza a sus abuelos y los consuela por tanto tiempo perdido, saben que para ellos el tiempo por delante se tiñe de sabores y olores anhelados, aún sin imágenes ni nombre.

Espero TODOS podamos decir NUNCA MÁS.

Fuente: Revista "Caras y Caretas", marzo de2006

El Terror y La Vida: Historia de la Dictadura Militar

1974: La agonía del gobierno peronista

La muerte de Perón dejó sin control al conjunto de fuerzas que habían coexistido conflictivamente bajo su liderazgo. Cierto es que la ruptura entre las facciones peronistas había alcanzado un punto sin retomo antes de julio de 1974. Pero cierto es también que la muerte de Perón privó al gobierno de una conducción legítima y aceptada por el conjunto del peronismo, que pudiera reformular los acuerdos políticos y sociales para asegurar la gobernabilidad del país. En su lugar, ejerció una vacilante dirección su viuda, acompañada y aconsejada por el cada vez más influyente ministro de Acción Social y secretario privado de Perón, José López Rega.

Además del entorno presidencial, el otro factor de poder en el seno del gobierno era el sindicalismo. Los sindicatos se sintieron relevados de los compromisos que habían asumido en 1973 y se dedicaron a deshacer el diseño político trabajosamente armado por Perón. Poco después de la muerte de Perón, la dirección de la CGT pasó a manos de sindicalistas que creían que el movimiento obrero debía entrar en la etapa política abierta con la muerte del presidente libre de viejos compromisos con el gobierno. Los nuevos compromisos que la nueva dirigencia negoció con el gobierno apuntaban a la reformulación del Pacto Social y al desplazamiento de los líderes sindicales y políticos opositores al oficialismo cegetista.

La concesión de la renegociación del pacto social desencadenó la renuncia de Gelbard. Esta reorganización del gobierno, que llevó a López Rega a la cúspide de su poder y fortaleció a la burocracia sindical, coincidió con un recrudecimiento de la violencia.

Hacia mediados de 1975, el conjunto de acuerdos que Perón había articulado y que habían constituido el eje de su proyecto de institucionalización política, habían fracasado y el país parecía marchar sin rumbo. La llegada de Celestino Rodrigo (foto derecha arriba) al Ministeri de Economía agudizó aún más los problemas. Con el apoyo de López Rega, (foto derecha) Rodrigo adoptó una serie de medidas, conocidas como el “Rodrigazo” —devaluación del peso entre un 100% y un 160%. incremento del 181 % en el precio de la nafta y del 75% en los precios del transporte, y o-tras medidas similares— que tuvieron como efectos inmediatos una aceleración brusca de la inflación y una crisis política. La crisis política culminó con el desplazamiento de Rodrigo y de López Rega, provocados por una exitosa huelga general declarada por la CGT.

Isabel Perón se alejó temporariamente del gobierno, que quedó en manos del presidente del Senado, Ítalo Luder (foto izquierda). El ministro de Economía, Antonio Cafiero, apoyado por la CGT, procuró infructuosamente controlar la inflación. El retorno de Isabel Perón a la presidencia, la crisis interna del peronismo, la agudización de la violencia política, y la falta de colaboración —en muchos casos, abierta oposición— del empresariado y las Fuerzas Armadas, quitaron al gobierno toda base de apoyo.

Un golpe anunciado

El descontrol económico, la violencia política y la evidencia de la descomposición del gobierno abrieron la brecha por la cual tos militares volvieron al gobierno. El 24 de marzo de 1976 la Junta Militar —integrada por los comandantes de las tres armas, Jorge R. Videla (Ejército), Emilio E. Massera (Marina) y Orlando R. Agosti (Aeronáutica)— derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón e inauguró lo que denominó “Proceso de Reorganización Nacional”. Esta nueva intervención militar fue diferente de las anteriores. Masera-Videla-Agosti

El golpe de 1966 había originado un gobierno sostenido, en última instancia, por las Fuerzas Armadas; en 1976 el gobierno fue ejercido en forma directa y en todos sus niveles por las Fuerzas Armadas. Como señaló el nuevo presidente, el general Jorge R. Videla, el 25 de mayo de 1976:

“Las Fuerzas Armadas no fueron escuchadas. Como consecuencia de ello y previendo la inexorabilidad de la crisis, se prepararon para hacer frente a esta situación y las Fuerzas Armadas, como institución, dieron una respuesta institucional a una crisis también institucional.”

El gobierno militar se propuso transformar de raíz la sociedad argentina. No se trataba simplemente de corregir una política económica, de derrotar a la guerrilla o de resolver una crisis institucional. Para ello hubieran bastado algunos cambios dentro de la legalidad constitucional. Lo que para la Junta Militar estaba en cuestión era la existencia misma de una nación. Para resolver esta crisis, entonces había que “reorganizar” la sociedad argentina, en un “proceso” que no tenía “plazos” sino “objetivos”. Había que crear un "ser occidental, nacional y cristiano".

Esta “reorganización” tuvo expresiones concretas: represión política y social, desarticulación de las bases de la economía industrial y ejercicio autoritario del poder. Finalmente, culminó con la derrota militar en la Guerra de las Malvinas.

La represión ilegal —que tuvo su apogeo entre 1976 y 1978— fue uno de los rasgos básicos del gobierno militar. La ilegalidad no fue tal sólo por haber sido llevada a cabo por un gobierno de facto sino porque incluso se violó la legalidad establecida por ese gobierno. La represión, cuidadosamente planeada, organizada y dirigida por los más altos niveles de decisión política y militar, fue, al mismo tiempo, clandestina. Sus destinatarios no fueron exclusivamente los integrantes de las organizaciones guerrilleras comprometidos con la lucha armada, sino que se extendió a un conjunto de actores sociales y políticos sin vinculación directa con las organizaciones guerrilleras.

Las modalidades clandestinas de la represión incluyeron el secuestro y la detención en centros clandestinos —se verificó la existencia de más de trescientos—, la tortura y, en la mayoría de los casos, la ejecución. La Junta Militar implantó la pena de muerte. Sin embargo no la aplicó legalmente sino fuera de la ley. Como consecuencia de ello, surgió la figura jurídica de la desaparición forzada de personas —alrededor de diez mil casos comprobados, aunque algunas estimaciones triplican esa cifra—, incluyendo a personas detenidas y ejecutadas clandestinamente por las fuerzas de seguridad. Las consecuencias de la represión incluyeron también a la gran mayoría de la población, que vivió en un clima de miedo de censura.

A pesar de su pretensión de homogeneidad y firmeza, el gobierno militar estuvo atravesado desde sus orígenes por profundas divisiones internas, derivadas en buena medida de la particular traducción a la acción que adquirió la decisión de asumir institucionalmente el gobierno. El principio general que aseguró la participación de las tres fuerzas en el gobierno fue la distribución de la administración pública en todos sus niveles y modalidades —nacional, provincial, municipal, empresas del Estado, universidades— en partes iguales. Cada fuerza, o más precisamente, el cuerpo de oficiales de cada fuerza, se quedó con una tercera parte de los cargos públicos. Esta decisión -que revelaba la índole de las relaciones entre las fuerzas, caracterizadas por una profunda desconfianza— marcó también una diferencia entre el gobierno del “Proceso” y las anteriores intervenciones militares, que contaron con mayor peso de funcionarios civiles en la administración pública.

Entre 1976 y 1981, la gran mayoría de los altos cargos de la administración pública estuvo en manos de oficiales de las Fuerzas Armadas. Esto perjudicó el funcionamiento del Estado, fundamentalmente porque cada funcionario pasó a depender de dos jefes: su superior jerárquico en el escalafón de la administración pública y su superior militar. Esta doble dependencia contribuyó a fragmentar el Estado en múltiples unidades que gozaban de una autonomía de hecho, con los previsibles efectos de corrupción. Además, el mismo ordenamiento institucional y jurídico del gobierno del “Proceso” se caracterizó por su incoherencia y arbitrariedad. Como lo puso en evidencia la acción represiva, el gobierno militar no cumplió con las leyes que él mismo había dictado.

Estado legal, Estado Clandestino

“El Estado se vio afectado de forma más profunda aún. El llamado Proceso de Reorganización Nacional supuso la coexistencia de un Estado terrorista clandestino, encargado de la represión, y otro visible, sujeto a normas, establecidas por las propias autoridades revolucionarias pero que sometían sus acciones a una cierta juridicidad. En la práctica, esta distinción no se mantuvo, y el Estado ilegal fue corroyendo y corrompiendo al conj unto de las instituciones del Estado y a su misma organización jurídica.

La primera cuestión oscura era dónde residía realmente el poder, pues pese a que la tradición política del país era fuertemente presidencialista, y a que la unidad de mando fue siempre uno de los principios de la Fuerzas Armadas, la autoridad del presidente —al principio el primero entre sus pares, y luego ni siquiera eso— resultó diluida y sometida a permanente escrutinio y limitación por los jefes de las tres armas."

La economía durante el gobierno militar

La política económica del gobierno militar fue decidida y ejecutada durante cinco años porJosé Alfredo Martínez de Hoz. Ministro de economía entre 1976 y 1981. Martínez de Hoz concentró un enorme poder, que le permitió tomar decisiones que transformaron profundamente el funcionamiento de la economía y la sociedad argentinas. El programa económico que Martínez de Hoz presentó al país el 2 de abril de 1976 era de inspiración liberal y postulaba la necesidad de pasar de una economía de especulación a una de producción, por medio del estímulo a la libre competencia y la limitación del papel del Estado en la economía. Estos objetivos no fueron alcanzados. Por el contrario, el resultado de la política económica de Martínez de Hoz fue un crecimiento explosivo de la especulación financiera y una caída dramática de las actividades productivas.

En un primer momento, el gobierno militar tomó una serie de medidas de estabilización —que contaron con el apoyo del Fon-do Monetario Internacional y la banca privada extranjera— para controlar la inflación, reducir el déficit fiscal y equilibrar el sector externo. Se devaluó la moneda, se redujo el déficit del sector público —en buena parte congelando los salarios— y se consiguió financiamiento externo. La política económica tuvo un sesgo fuertemente antiobrero: se suspendió el derecho de huelga y se redujo la participación de los asalariados en el PBI (producto bruto interno).

Una vez controlada la crisis abierta con el Rodrigazo, el equipo económico definió y llevó adelante dos medidas principales: la apertura de la economía y la liberalización de los mercados financieros.

La apertura de la economía era la apertura del mercado interno a la competencia exterior —no la promoción de la exportación de la producción nacional—. El instrumento principal de esta política fue la reducción de los aranceles de importación. Posteriormente, la sobrevaluación del peso se sumo a esta medida, lo que comprometió seriamente la actividad productiva —afectada además por las altas tasas de interés—.

La liberalización del mercado financiero se llevó a cabo con la liberación de la tasa de interés y la autorización para el funcionamiento de nuevos bancos e instituciones financieras. Sin embargo el Estado, que renunciaba a los controles, garantizaba los depósitos a plazo fijo tomados por entidades financieras privadas.

En 1978 el gobierno militar estableció una pauta cambiarla —conocida popularmente como la “tablita”— que determinaba una devaluación mensual del peso. Esta devaluación era decreciente y tendía a cero. El objetivo declarado de esta medida era controlar la inflación. Este objetivo no se alcanzó. En cambio, lo que se fomentó fue una fuerte especulación con una gran masa de dinero colocada a corto plazo —favorecida por la abundancia de dólares en el mercado internacional— basada en la existencia de altas tasas de interés y la garantía del Estado sobre el precio de recompra de los dólares.

Algunas palabras y frases de uso habitual en la época —“plata dulce”, ‘bicicleta”,‘deme dos"— dan cuenta de las características de un período de prosperidad artificial y de especulación financiera.

La euforia financiera contrastaba con el comportamiento del sector productivo, apremiado por el endeudamiento. El sector industrial, en particular, sufrió una profunda mutación, que incluyó una caída en su producción, una disminución de la mano de obra ocupada y el cierre de numerosas plantas.

El esquema de Martínez de Hoz estalló en 1980, de la mano de la quiebra de importantes entidades financieras —entre ellas uno de los mayores bancos privados— y el Estado terminó haciéndose cargo de los pasivos de los bancos quebrados.

El Campeonato Mundial de Futbol de 1978 se celebró en Argentina y contó con el decidido apoyo de la dictadura militar.

En 1981, el general Viola reemplazó en la presidencia a Videla, y Martínez de Hoz también fue reemplazado. En ese año, el descalabro económico llegó al extremo. El gobierno dispuso una devaluación del peso del 400%, al tiempo que la inflación llegaba al 100% anual. Esta devaluación tomó impagables las deudas en dólares de las empresas privadas. El Estado nacionalizó las deudas, lo que acrecentó el endeudamiento público.

A pesar de su carácter liberal, la política económica de Martínez de Hoz incluyó una expansión considerable del papel del Estado en la esfera económica. Esto se debió en parte a la decisión de la cúpula militar de mantener en la órbita estatal a las empresas públicas —cuyos directorios, por otro lado, fueron ocupados por militares—. Además, durante este período creció la inversión pública. Muchas obras públicas fueron ejecutadas por contratistas privados y algunas empresas del Estado privatizaron parte de sus actividades —lo que se llamó “privatización periférica”—. En este último caso se incluyó la subcontratación de tareas de búsqueda y explotación petrolera y de tareas de reparación de materiales y mantenimiento de vías en los ferrocarriles, la provisión de equipos telefónicos, la recolección de residuos y el mantenimiento del alumbrado público en la ciudad de Buenos Aires. Alrededor de estas actividades se fue configurando un poderoso grupo de empresas contratistas del Estado.

Otras áreas de crecimiento del gasto público fueron la estatización de empresas privadas en dificultades —como la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad y la compañía Austral— y la notable expansión del gasto militar.

En 1978, el conflicto limítrofe con Chile por la zona del canal Beagle estuvo a punto de desencadenar una guerra. Las Fuerzas Armadas fueron reequipadas con vistas al enfrentamiento y movilizaron tropas hacia la frontera. La guerra se impidió por la mediación del Papa Juan Pablo II.

Entre la apertura y la guerra

El estallido del programa económico coincidió con el cambio de presidente. El débil ganador en la puja interna de la cúpula militar fue el general Roberto Viola, designado presidente por la Junta de comandantes, en setiembre de 1980. Viola, que asumió en marzo de 1981, se propuso modificar la orientación de la política económica y encontrar una salida política para el régimen militar. Este intento de cambio obedecía a la percepción por parte de una fracción del Ejército del fracaso de la política de Martínez de Hoz y de la necesidad de buscar nuevos aliados. Viola dividió el Ministerio de Economía en cinco carteras, con el propósito de “despersonalizar” la política económica, incorporó una mayoría de civiles al gabinete, produjo un acercamiento con los sectores propietarios —nombró dirigentes representativos del sector rural y del industrial en los ministerios de Agricultura e Industria— e inició un diálogo con sindicalistas y políticos.

Este intento de encontrar nuevas bases de apoyo para el régimen militar fracasó. En el terreno político, la apertura fue recibida con frialdad por las principales fuerzas políticas, que dudaban de la representatividad de Viola dentro de las Fuerzas Arma-das y, por consiguiente, de la viabilidad de su política. En julio de 1981, se constituyó la Multipartidaria —convocada por la Unión Cívica Radical e integrada por los partidos

Justicialista, Intransigente, Demócrata Cristiano y el Movimiento de Integración y Desarrollo—, con la finalidad de ofrecer un bloque político unificado “tendiente a recuperar la vigencia de las instituciones democráticas y a ofrecer al país, coyunturalmente, una propuesta de solución ante la emergencia nacional”.

Sin embargo, la oposición decisiva al proyecto de Viola provino del frente interno militar. Esta oposición se manifestó como un conflicto de poderes entre la Junta Militar y el presidente, que culminó con el desplazamiento de Viola, en diciembre de 1981. Su reemplazante fue el general Leopoldo F. Galtieri.

Galtieri intentó restablecer la imagen de autoridad del gobierno militar y retomar la orientación liberal de la política económica, que quedó en manos de un nuevo ministro de Economía, Roberto Alemann (foto izquierda). Endureció las relaciones con los partidos políticos y con el sindicalismo, que por su parte endurecieron también su oposición. Una masiva concentración promovida por la CGT-Brasil —el ala más combativa del sindicalismo, diferenciada de la CGT-Azopardo, más conciliadora—, el 30 de marzo de 1982, fue duramente reprimida. Pero la magnitud y el carácter de la movilización mostraron que la oposición social y política había crecido.

Tres días más tarde, el régimen militar —que en 1978 había llevado al país al borde de la guerra con Chile, evitada por la mediación del Papa— inició su última etapa, con la ocupación militar de las islas Malvinas.

La Guerra de las Malvinas

El 2 de abril de 1982 el gobierno ocupó por la fuerza las islas Malvinas. La ocupación, si bien se originó en una decisión tomada en secreto por unas pocas personas y sin calibrar adecuadamente sus posibles consecuencias militares y políticas, contó con un amplio respaldo popular.

El gobierno imaginó que la recuperación de las Malvinas iba a resolver sus problemas políticos, en un momento en que el rumbo de la experiencia militar se veía comprometido. Al principio, eso pareció posible. Pero el gobierno había subestimado la respuesta de Gran Bretaña y creyó además que los Estados Unidos —cuyo principal aliado era precisamente Gran Bretaña— apoyarían la acción argentina.

La reacción británica —en buena medida motivada por razones de política interna— fue dura.

El gobierno de Margaret Thatcher decidió enviar una poderosa flota y fuerzas militares para recuperar las islas. Los Estados Unidos, después del fracaso de la mediación del general Haig —que procuró que el gobierno argentino aceptara la resolución 502 de las Naciones Unidas y retirara las tropas de las islas— apoyaron decididamente a su principal aliado.

El gobierno militar decidió controlar estrictamente la difusión de noticias acerca de la evolución política y militar del conflicto, y creó un clima triunfalista que no se correspondía con el curso real de los acontecimientos.

En el plano de la política internacional, la Argentina recibió la adhesión de los países de América latina y del Movimiento de Países No Alineados, pero quedó aislada de las potencias occidentales. Un intento desesperado del gobierno argentino por cambiar sus alianzas y conseguir el apoyo de la URSS tampoco prosperó. En el plano militar, el poderío y la organización británicos superaron al caótico e improvisado dispositivo militar argentino. El 14 de junio de 1982, el mando militar argentino en Malvinas capituló ante los jefes británicos.
...El 15 de junio de 1982, las tropas argentinas se rindieron ante las inglesas. La guerra por las Malvinas había terminado. También empezaba el fin de la dictadura militar. (Foto: Archivo General de la Nación)

Dadas las condiciones militares del conflicto y el control de la información por parte del gobierno, la derrota militar fue a la vez inevitable e inesperada. Una de sus consecuencias principales fue la descomposición inmediata del gobierno militar. Galtieri renunció, la Marina y la Fuerza Aérea se retiraron de la Junta y el comandante en jefe del Ejército designó a un nuevo presidente, el general Reynaldo Bignone.

Fuentes tomadas: Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz


viernes, 21 de marzo de 2008

El Otoño


Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y hace fresco.

¡Cómo sopla el Norte! Mira, por el suelo, las ramitas caídas; es el viento tan agudo, tan derecho, que están todas paralelas, apuntadas al Sur.

El arado va
, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz, Platero; y en la ancha senda húmeda, los árboles amarillos, seguros de verdecer, aumbran, a un lado y otro, vivamente, como suaves hogueras de oro claro, nuestro rápido caminar.


Platero y Yo- Juan Ramón Jiménez

martes, 18 de marzo de 2008

¡Felíz Cumple, Adrián!

Bueno, nos conocemos hace muy poquito tiempo pero, de todos modos, ya me caés muy bien :)

Creo que sos un chico muy bueno y atento, y eso te hace diferente de los demás.

Aunque no sepamos mucho el uno del otro, estoy segura de que puedo confiar en vos, y que no quepa duda de que vos podés hacer lo mismo, Ok?


Recién ayer me enteré de que hoy es tu cumple, y justamente hoy, 18 de marzo, siendo que te esperaba ansiosa en el colegio para saludarte, no fuiste :S... pero bueno, pronto te veré y entonces te saludaré deseándote un Felíz, felíz cumpleaños!!!..


Mientras tanto, y hasta que eso suceda, lo hago vía internet!


¡FELICIDADES, ADRIÁN!... me da mucho gusto haberte conocido :)

Carla, "la salada" :P

miércoles, 12 de marzo de 2008

La Biblia llora sobre el calefón


La historia de la TV en Argentina tiene ciclos que fueron un quiebre en su manera de llegar al público. En más de cinco décadas, muchos de esos programas se convirtieron en clásicos y, sin duda alguna, el que encabezó Jorge Guinzburg en 1986, “La Noticia rebelde”, fue uno de ellos.

En horario central, de 19.00 a 20:00, todos los días, por la fría pantalla de ATC, Guinzburg junto a sus socios ideales, Carlos Abrevaya, Adolfo Castello, Jorge Becerra y un juvenil Nicolás Repetto, rompieron con los esquemas de las informaciones diarias hasta ese momento.

Ese programa marcó el hito de contar las noticias desde una mirada de humor irreverente, a veces ácido, y fue una verdadera revolución para la televisión de los años ochenta.

Los picantes reportajes que hacía junto a su socio en la historieta “Diógenes y el Linyera” –Abrevaya—son hoy todavía momentos irrepetibles en la televisión, y el “pasando revista” y las notas en la calle con preguntas con doble sentido un modelo de humor que aún en el presente se usan con mucha efectividad.

Luego de ese momento, llegó la separación del grupo, que incluyó peleas entre algunos de sus socios, e independiente buscó crear su propio camino con el humor en las huestes de canal 13.

Tras la ruptura de “La Noticia Rebelde”, hizo en 1988 “Penúltimo Momento”, un “programa de futuro incierto” y que apenas duró seis meses por el viejo Canal 2.

En 1989 hizo un ciclo con poca suerte junto a Castello y ya en 1990, comenzó “Peor es Nada” con un humor irreverente, difícil de entender en los primeros tramos del ciclo, que compartió con Horacio Fontava y el músico Leo Masliah.

Fue a partir de 1992, ya solo con el “negro” Fontova y con la estructura de personajes, imitaciones y reportajes atrevidos –con la típica pregunta “¿cómo fue la primera vez?— que “Peor es Nada” se convirtió en un éxito en la ya privatizada señal del barrio de Constitución.

Cuatro años de programas le permitió escribir otros, producir algunos más y llegar a uno de sus grandes éxitos como fue “la Biblia y el Calefón”, que se vio por primera vez en 1997 en América.

En el nuevo milenio, sin dejar de escribir, ser periodista con notas destacadas en “Clarín”, Guinzburg llegó a la pantalla caliente de Telefé con dos programas de preguntas y respuestas que se llamó el “Legado” y que por supuesto fue otro éxito.

Sin dudas, cuando 2005 le propusieron hacerse cargo de la mañana de canal 13, el periodista supo que estaba ante su mayor apuesta profesional: convertir el segmento más pobre de la programación de la televisión nacional en un atractivo más.

Y, a base de buen periodismo, mucho humor y la calidez que siempre supo llevar adelante desde su llegada a la pantalla chica, lo logró. “Mañanas Informales” arrasó con todos los premios de la industria en los tres años que fue al aire, y además tuvo la impronta de armar un elenco homogéneo, sin su figura como atracción.

Así, Federica País, Gustavo Recondo, el recordado Mario Mazzone Osvaldo Bazán y el payaso “Mala Onda” convirtieron a las mañanas televisas en una quermese muy divertida.

El segmento horario se transformó desde ese momento en una atracción para los televidentes y generó la competencia de todos los canales que ahora tiene programación desde las 7.00 de la mañana hasta el mediodía con altos índices de rating.

Este año había retomado el viejo éxito de “la Biblia y el Calefón”, con nuevos invitados y el eterno humor de “primera clase” y rapidez mental que caracterizó a Guinzburg.

Por su parte, en la señal de cable “Encuentro” realizó en el último año un documental recorriendo parte de América, donde demostró sus cualidades periodísticas y de narrador de historias.

El hombre que hace menos de un año se afeitó su emblemático bigote en cámara para pagar una apuesta con un compañero, el que con su metro 58 se vestía de “El Zorro” en Peor es Nada o se transformaba en “el pastor evangélico centroamericano”, dejó una huella imborrable, como los grandes.

Hoy la tele lo comenzará a extrañar. Y si ve que se empaña la pantalla de su TV, entiéndala, debe estar llorando de tristeza.

sábado, 8 de marzo de 2008

Felíz día, MUJER!

otros
Yo he visto por las mañanas,
en medio de mi albedrío,
como las aguas de un río
inundaban la sábana.

He visto en horas tempranas,
el sol al amanecer.

Y he visto con gran placer
como se asoma la luna.
Pero no he visto belleza alguna
como la belleza de la mujer.

Yo he visto el agua de un río
desbordarse en la llanura,
y llegar hasta la altura
del techo de mi bohío.

Yo he visto el lado sombrío
del campo al oscurecer.

Yo he sentido el padecer
de un fuego devorador,
cuando me quemó el ardor
del beso de una mujer.

Yo he visto en una palmera
como el sinsonte se inspira
y a una preciosa guajira
al pie de una talanquera.

He visto una enredadera
sobre la cerca crecer.

He visto el agua caer
de lo alto a la cascada.
Pero nunca he visto nada
más bello que una mujer.

Yo que por el mundo he andado
y que de todo he tenido,
mucho también he sufrido
al saberme despreciado.

Mucho amé... y fui amado,
sé lo grande de un querer.

Yo sé ganar y perder,
sé de lo alegre y lo triste.
Y sé del dulzor que existe
en un beso de mujer.

Yo he visto caer un rayo
en el copo de una palma
y entusiasmarse mi alma
con el cantido de un gallo.

He visto en el mes de Mayo
las flores, reverdecer.

He visto un árbol crecer,
con el pasar de los días,
y troncharse mi alegría
con llanto de una mujer.

La vida... Oh! que fantasía
que de las penas se adueña.
Y es como echarle mas leña
al horno de la agonía.

Pero yo, en realidad diría
¿qué más grato puede ser?

Que saborear el placer
cuando de un amor sincero
escuchamos el "TE QUIERO"
DE LABIOS DE UNA MUJER.


miércoles, 5 de marzo de 2008

Y... si no me tienen fe

El nombre de la risa...

Hoy, 5 de marzo de 2008, todos los argentinos (y gran parte del mundo) recordamos el 20° aniversario de fallecimiento de un GRANDE del humor: Alberto "el negro" Olmedo.

Yo lo conocí como la mayoría de ustedes: por televisión, ya que mis padres son buenos seguidores de este "personaje" y, a dos década de su desaparición física, siguen recordándolo con afecto (como TODO el país).

Debido a mi falta de interés y/o conocimiento de los grandes humoristas pertenecientes a la época de mis padres y abuelos, no sé mucho sobre él... pero puedo asegurarles, mis queridos lectores, que "el negro" hacía una dupla perfecta con el Gordo Porcel... jejeje.. si me habré reído! ;)

Por ello, decidí interiorizarme un poco más en la materia, y deseo compartir con ustedes aquello que me pareció más relevante sobre éste rosarino nacido en el barrio de Pichincha.

Desde los 6 años, Alberto Olmedo tuvo la necesidad de trabajar: fue ayudante de verdulero y de carnicero, cadete de farmacia y repartidor de panadería.
Entre estas duras tareas, la escuela, y la inevitable ayuda en la casa a su madre soltera, no había tiempo para soñar con ser actor.
Pero a los 14 años comienza a trabajar como claque del teatro la Comedia de Rosario.
El Negro se acerca así al teatro por el escalón más marginal: el del público contratado, que en esa época tenían todos los teatros importantes. Su misión era iniciar los aplausos cuando la platea se mostraba indiferente.

Olmedo se siente fascinado por ese nuevo universo, tan lejos de su realidad concreta, y comienza a presentarse en clubes y otros escenarios interpretando imitaciones de artistas de moda como Lola Flores o Miguel de Molina, pequeños papeles en comedias, números acrobáticos y de baile.

A los veinte años y fogueado en Rosario y giras por el interior, ahorra quinientos pesos y se muda a Buenos Aires.
Está decidido a vivir del espectáculo. Y consigue, casi de casualidad, un oficio nuevo: director de cámaras en el todavía reciente canal 7.

En una cena de camaradería de fin de año, frente a sus compañeros y los directivos del canal, Olmedo, encuentra finalmente su destino.
Se pone a improvisar monólogos y números humoristicos con tal eficacia que a los pocos días comienza a trabajar en programas como “La Trouppe de la TV”, “La Revista de Jean Cartier”, “Sonrisas y Melodías”, “Medianoche en Buenos Aires”, “Joe Bazooka”.

La televisión de la época era en vivo, y tal vez de esas urgencias y ese trabajar en el filo de la navaja, Olmedo sacó su estilo de improvisación, de no ocultar los errores, sino de hacerlos evidentes.

En 1959 con la ayuda de su amigo Coco Ortiz presenta en Canal 9 un personaje infantil: El Capitán Piluso. La repercusión es inmediata.

Fue Piluso el protagonista de uno de los primeros hechos masivos en los que la televisión se trascendió a si misma: la pelea con Karadagián, el Desafío del Siglo.
En noviembre de 1960 Piluso llegó en helicóptero al Luna Park. 3000 personas habían quedado afuera.
El país entero habló al día siguiente del combate. Del triunfo de Piluso. Y de la caravana que, encabezada por los dos oponentes, recorrió luego la ciudad recogiendo juguetes para repartir entre los niños pobres.

Olmedo ya era una figura nacional. Tenía 27 años. Los niños y no tan niños que siguieron paso a paso la caravana no sabían que ésa era la primera de las muchas alegrías que les daría el Negro a lo largo de sus vidas.

En 1964 es contratado por Hugo y Gerardo Sofovich que estaban produciendo un nuevo proyecto para Canal 11: Operación Ja Ja.

El programa tiene un elenco integrado por algunos de los mejores cómicos de la historia argentina: Marcos Zucker, María Rosa Fugazot, Javier Portales, Carlos Scazziotta, Fidel Pintos, Juan Carlos Altavista, Jorge Porcel.

En 1968 inventa otro de los personajes que han pasado a pertenecer por derecho propio a la memoria colectiva de los argentinos: Rucucu.

Fue con Rucucu que Olmedo depuró algo que ya venía haciendo y que se convertiría en un sello de su comicidad: la puesta en evidencia de los errores y las miserias del medio. Olmedo no dejaba pasar un error de cámara, un furcio de un actor, sus propios olvidos de la letra, las escenografías gastadas o los vestuarios apolillados.
Todo era material para la risa. Y en la complicidad con el espectador, al mostrar a la televisión como algo humano y desprovisto de misterio y glamour es, tal vez, el secreto de la fidelidad de su público.

A medida que avanza la década del '70 Olmedo comienza a participar regularmente en películas y obras de teatro. Estas dos actividades se desarrollarían en forma paralela a la televisión hasta hasta el final de su carrera.

Cuando en 1988 los argentinos se enteraron de la muerte de Alberto Olmedo, pocos creyeron la noticia. Pensaban que se trataba de una broma del negro. Es que en 1976 para la apertura de la nueva temporada de “El Chupete” un locutor con voz pausada anunció: “en este horario y por este canal debería salir al aire hoy el primer programa del ciclo El Chupete. Infortunadamente eso no será posible debido a la desgraciada circunstancia de que su protagonista, Alberto Olmedo, ha desaparecido.”

Durante 3 años Olmedo y gran parte de los productores actores y guionistas del ciclo tuvieron prohibida la entrada a los canales de televisión.

Fueron tres años de cine y teatro de revistas. Hasta su retorno con “Olmedo 78″, y ya no habría más interrupciones en su carrera televisiva.

En 1981 comienza “No toca botón” en Canal 11 con guiones de Hugo Sofovich, ciclo que duraría hasta el año de su muerte y en el que Olmedo tuvo sus mejores momentos televisivos.

No toca Botón duró 7 años en el aire.

- Allí nacieron personajes como Chiquito Reyes, el dictador de Costa Pobre, el pitufo, el Manosanta, Rogelio Roldán.
- Allí Olmedo quemó el traje de Rucucu ante cámaras, enojado porque en otro programa lo imitaban.
- Allí convirtió el chivo publicitario en otro recurso para hacer reir.
- Allí Olmedo fue Borges junto a su amigo Javier Portales.

El éxito era masivo e indiscutible. Todo un país paraba para mirarse en el espejo al mismo tiempo descarnado y querible que Olmedo ofrecía en cada sketch, en cada personaje.
Por primera vez la crítica comienza a reparar en él y aparecen los primeros ensayos serios sobre la comicidad de Olmedo que se multiplicarían luego de su muerte.
Hacia 1988 sus películas y temporadas de teatro eran éxito de taquilla, comenzaba a tener un reconocimiento por parte de los medios “serios”, que aunque no había buscado, no dejaba de darle satisfacciones. Acababa de terminar su última película: Atracción Peculiar y estaba preparando los nuevos sketchs de la próxima temporada de No Toca Botón.
En Mar del Plata, donde su obra “Eramos tan pobres” había sido un éxito, encontró la muerte de una manera absurda.
Estaba en el momento más alto de su carrera. Y todo parecía anunciar que lo que tenía para dar era mejor, más arriesgado, llevando los límites todavía más allá.


Filmografía completa de Alberto Olmedo:
(del más al menos reciente)

- Atracción peculiar (1988)
- Galería del terror (1987)
- El manosanta está cargado (1987) Alberto Capeletti / El "Manosanta"
- Susana quiere, el negro también! (1987) Aristóbulo Rey
- Los colimbas al ataque (1987)
- Rambito y Rambón, primera misión (1986)
- Los colimbas se divierten (1986)
- Miráme la palomita (1985)
- Sálvese quien pueda (1984)
- Los reyes del sablazo (1984)
- Los extraterrestres (1983)
- Los fierecillos se divierten (1983)
- Los fierecillos indomables (1982)
- Amante para dos (1981)
- Las mujeres son cosa de guapos (1981)
- Te rompo el rating (1981)
- Departamento compartido (1980)
- A los cirujanos se les va la mano (1980)
- Así no hay cama que aguante (1980)
- El rey de los exhortos (1979) Dr. Alberto Benavidez
- Expertos en pinchazos (1979)
- Custodio de señoras (1979)
- Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo (1978)
- Mi mujer no es mi señora (1978)
- Fotógrafo de señoras (1978)
- Las turistas quieren guerra (1977)
- Basta de mujeres (1977)
- Los hombres sólo piensan en eso (1976)
- Maridos en vacaciones (1975) Alberto
- Mi novia el... (1975)
- Hay que romper la rutina (1974)
- Los doctores las prefieren desnudas (1973)
- Los caballeros de la cama redonda (1973)
- El hombre del año (1970)
- Los debutantes en el amor (1969)
- Villa Cariño está que arde (1968)
- Flor de piolas (1967)
- Escándalo en la familia (1967)
- El glotón (inconclusa - 1967)
- Hotel alojamiento (1966)
- Viaje de una noche de verano (1965)
- Dos quijotes sobre ruedas (1964)
- Ritmo nuevo, vieja ola (1964)
- La herencia (1964) Vendedor de ataúdes
- Las aventuras del Capitán Piluso (En el castillo del terror) (1963) Capitán Piluso
- Barcos de papel (1963)
- Una jaula no tiene secretos (1962)
- Gringalet (1959)

Y un toque de risa...